XLIX – Lo que me has enseñado

Cuando llegaste tuve que romper muchas páginas de verdades y borrar lecciones aprendidas. Descubrí que no hay límite para querer, que siempre se puede amar más, y a más. Que otras versiones de cualquier historia son posibles. Que la vida son innumerables y complejos puntos de vista sobre algo tan sumamente sencillo que jamás lo comprendemos.

Me hiciste recordar que cuando dices “te quiero” muchas veces, no solo no deja de valer, sino que crece y lo ocupa todo. Que los enfados deben ser breves, las risas inesperadas y los abrazos infinitos. Que la nieve puede dar miedo y un oso de peluche es lo más importante del mundo.

Aprendí que no sé nada, que es una gran fortuna asomarse a un universo por descubrir y hacerlo contigo. Que el móvil me roba el tiempo y leerte un cuento me hace más joven.

Y recuperé el miedo. A que te marches, a que enfermes, a que crezcas, a que a no me quieras… Pero también me has enseñado que el miedo solo existe cuando hay algo que te llena y que merece la pena. Es el precio que debemos pagar por amar.

 

XLVIII – Una sonrisa

Comenzó con una sonrisa. Después todo quedó oculto bajo capas de esperanzas que se fueron. El tiempo erosiona lo que podía haber sido, dándole forma al futuro a través de la imagen cambiante del pasado.

Todo comenzó con una sonrisa y cuando los te quiero se convirtieron en silencios dejaron de tener sentido los besos.

El amor no es un regalo, es el pago por una espera, por cada lágrima vertida y cada noche sin dormir.

 

XLVII – Leer la tristeza

Aprendí a leer la tristeza detrás de la sonrisa. Los ojos nunca mienten y en ellos se encuentra todo, hasta lo que ni siquiera su dueño intuye. La sonrisa comunica, se contagia, engaña, aunque casi siempre se vive mejor en una ilusión que en el certeza de una realidad sucia y gris.

La sonrisa sincera llena el alma sedienta de quien la descubre. Es una fresca lluvia de primavera que borra o aligera, aunque sea momentáneamente, las cargas y preocupaciones. Pero no hay agua que permanezca en la tierra más allá de unos minutos, horas, días. Y el reseco regresa, implacable, borrando cualquier dicha.

Miro tu foto, sonriente, joven, bellísima. No te conozco, pero sé que un enorme vacío te amenaza, un abismo al que te asomas cada mañana sin saber (o sin querer saber) cómo salvarlo. Tu sonrisa da vida a quienes te rodean, pero hace cada día más profunda tu tristeza.

 

XLVI – Fin de año

La fiesta de fin de año distrae a los vacíos de alma, y a los que no quieren recordar. Todo aquel que se asoma a su interior descubre que el tiempo pasa y que las oportunidades nunca vuelven. Puede que el próximo año no sea el último, pero seguro que tampoco es el primero.

Los ilusos y los soñadores hablan de nuevas oportunidades, pero tarde o temprano descubren que son tan solo puertas cerradas. La única verdad es que cada vez estamos más lejos del inicio y más cerca del final de una partida en la que siempre se pierde.

Así que celebra, disfruta y ríe, porque no te queda otra que olvidar.

 

XLV – The Times They Are A-Changin

Dylan suena y me estruja el alma. Algunos dice que hoy es un día para sonreír, pero tengo ganas de llorar. Las expectativas siempre superan a la realidad, para bien y para mal. The times they ain’t a-changin o al menos no como deberían.

Yo no podría hacerlo mejor, por eso no hago nada. Por eso simplemente espero, mirando a través de la ventana cómo transcurren los días. Mi pequeña va haciéndose mayor y el mundo sigue siendo una mierda. Tal vez ella se convierta en una mujer capaz de cambiarlo todo. ¿Puede ser una persona valiente si su padre es cobarde?

En el fondo sé que no hay nadie capaz de cambiarlo todo. No te preocupes pequeña, no te cargaré con esa responsabilidad.

Sé que no soy cobarde, que son las pequeñas cosas las que mueven el mundo. Sé que estoy en el buen camino y no estoy solo. Seguiré intentándolo. Más. Por ti. Por mi.

Y lo más importante, sé que el mundo no es una mierda, sino algo maravilloso.

Aunque en días como este, parece que nada ha cambiado, merece la pena recordar que todo proceso lleva su tiempo.

The Times They Are A-Changin, yes they are.

 

XLIV – Podría ser mejor

Amanece un día triste, como triste ha sido cada día de los últimos dos años. La rutina de cada mañana, las caras grises y los camiones blancos de reparto descargando la prensa y el pan.

Después, una jornada de trabajo sin importancia. Cuatro duros que se irán en pagar el alquiler de una entreplanta húmeda y vacía de recuerdos y la comida infame del restaurante barato de menú al que va a diario.

Podría ser peor, se dice. Podría faltarme un lugar al que volver cada tarde. Podría no tener un televisor donde escapar de todo durante un par de horas cada día. Podría ser peor. Y con ese pensamiento apaga la lámpara de la mesilla de noche sin temor a que la oscuridad de la habitación no se desvanezca la mañana siguiente.

Mientras tanto, alguien escucha a Van Morrison en una vieja radio a pilas y revive sensaciones de un viaje al norte, lejano en el tiempo.

***

Un nuevo día. La ciudad comienza a escribir una página en blanco de historias y encuentros. Puede que no llueva, o sí… El agua se lleva la suciedad y enjuaga las penas.  Hace ya mucho que se marchó.

A media mañana el descanso para tomar un café y llenar el tiempo con las cosas que no son importantes, pero qué es importante? La mayoría de las cosas que se pueden comprar son innecesarias. Lo trascendente es gratuito, como la risa o los abrazos. Un abrazo.  Una fortuna.

Mi cama es mi hogar. No quiero más patria que mi almohada. Cada noche vuelvo a casa, cierro los ojos y espero a que el sol me despierte.

Ayer me dijeron que el vecino de arriba ha dejado el piso. Metió algunas cosas en su viejo Seat y se marchó.

Smell the sea and feel the sky
Let your soul and spirit fly
Into the mystic *

***

A veces no es necesaria una razón para ser infeliz, basta con despreciar un motivo para sonreir.

* Van Morrison –  Into the Mystic

 

XLIII – Ella

Por la mañana, cada mañana, sale de la cama de un salto. Sube la persiana y la luz del sol toca su cara. Sonríe. Un día más, piensa, una nueva oportunidad para sentir, para reír, para hablar y escuchar, para ser…

Cada día por vivir es una victoria, sabe, un regalo imprevisible, un retrato en mil tonos o la música de doscientos violines o el sabor de una fruta de nombre imposible o un viejo cuento con nuevos personajes.

Por la noche, se deja seducir por la alegría, recordando entre las sábanas las sonrisas regaladas. El sueño la protege con brazos de plumas blancas y la oscuridad callada teje el día que será.

¿Y quien es ella? Podrías ser tú si quisieras.

Podrías ser la luz que acaricia sus mañanas o la risa que regala o las palabras que la besan en sus sueños o la música que acompaña sus pisadas o…

Podrías ser tú si quisieras.

 

XLII – Llueve

Fuera llueve. Marcan las gotas el ritmo calmado del final del día.

Yo escucho.

Oigo al menos. Si oyes palabras y canciones, sientes ritmos y caricias, pero no las comprendes, entonces es que no escuchas.

Toda sinfonía creada por una nube caprichosa tiene la misma estructura: vivo, adagio, largo y finalmente una exaltación del silencio. Fin. Tal vez es una metáfora de la vida, de nuestros sueños y deseos más profundos.

Todavía llueve. Más fuerte incluso que hace unas líneas. Ahora las palabras son más largas, más pesadas. El verso se hace elaborado y lento, como si fuera a dormir. Empiezo a comprender.

 

XLI – Para Mónica

Alma que sufre y al final duerme eterna
la que sonríe persigue su misma suerte
la lluvia no borra todos los detalles
ni las esencias en su frasco permanecen

Qué fue, sencilla sonrisa, sincera palabra,
alguien llegó a comprenderte?
Las palabras no valen la tinta que las sustenta
ni las lágrimas sirven para regar flores

Cuando el doloroso regalo que es el recuerdo
escriba una página llena de silencio
un verso infinito de primavera
una cansada canción sin melodía…

… entonces también te recordaré
que nunca llegará el verano

 

XL – Pequeña

Era menuda y andaba ligera, con mucha gracia. Yo caminaba distraído detrás de ella y cuando se giró para saludar a un coche que la pitaba vi su rostro. Qué mala suerte la mía cuando memoricé aquellos ojos oscuros, brillantes, gritando vida, cuando aprendí sus labios pintados de rojo sangre, delgados pero que se convirtieron en todo. Llevaba el pelo corto, como sólo algunas mujeres bonitas consiguen parecerlo todavía más.

Mi mirada perdió a mi mente y aparecí en un océano de versos, de breves olas rompiendo sin cadencia ni prisa sobre una playa olvidada. El viento despertando a la arena… despacio.

Cuando volví a respirar se había alejado unos metros. Sólo entonces intuí la silueta de su leve cuerpo a contraluz. Sus líneas dibujadas a tinta negra bajo una blusa verde oscuro y mi vocación perdida de ser barco y navegar para siempre persiguiendo un horizonte.

Llamó al timbre de un impaciente portal y su realidad se difuminó mientras entraba. Me dejó solo, con mis océanos, mis olas y una playa de arena que me quemaba los pies. Vacío.

La busqué intencionadamente en todos los lugares equivocados. Tal vez ni siquiera llegué a buscarla para no engañar una vez más a mi recuerdo.