Aquella primavera llovió más de lo que nadie recordaba. La anterior había sido bastante seca y la memoria meteorológica de las personas es poco fiable. El campo lucía orgulloso una inagotable gama de verdes sobre la que flores silvestres de distintos colores encontraban un marco perfecto a su desvergonzada presentación en sociedad.
Dentro de mi casa todo era menos colorido y exuberante. Las paredes, avergonzadas, mostraban manchas de condensación y humedad alrededor de las ventanas y mi alma estaba marchita, casi árida. Nada brotaría de mi tierra aquella primavera.
…
El tiempo pasó. Quién sabe meses, años, eones… La primavera dio pasó a un verano implacable y a los «No he pasado tanto calor en la vida». Unos instalaban aire acondicionado mientras los afortunados buscaban refugio en casas antiguas de muros gruesos de piedra y adobe, perennemente ajenas a lo que sucedía en su exterior. Las hierbas y flores que todo lo habían llenado servían de alimento a las insaciables lenguas de fuego que devoraban mi amada Castilla. Si los pinares ardieron, aun nos queda el encinar*. Ni eso. El castellano se resigna a su suerte y se sabe solo ante el universo.
En un piso sin paredes gruesas ni aire acondicionado, un ventilador cabecea. Yo miro el envoltorio vacío de un helado de marca blanca, aunque realmente miro dentro de otro envoltorio también vacío, confiando en que llueva pronto y alguna semilla haya sobrevivido a las llamas.
* Castilla – Nuevo Mester de Juglaría