LVII – Tinta

La tinta del bolígrafo se marchitaba, pero tú sabías que volvería la primavera, y con ella, la página bocabajo cobraría sentido junto a las palabras en ella escritas.

Fue solo una burbuja, un atraganto, un mal momento que pasó, para uy, qué bien y olvidar de manera inmediata.

Olvidar es dejar de existir, como le sucederá esta página.

 

LVI – Frío

Era un día cualquiera de invierno, de esos en los que hay que tener una buena razón para estar en la calle. El tibio consuelo de los rayos de sol se había desvanecido apenas unos minutos antes.

Apreté el paso. No era consciente del universo a mi alrededor, tan solo de los coches al cruzar una calle principal y del viento frío que castigaba mis mejillas y mi nariz.

Cuando llegué a su casa tuve que quitarme un guante para llamar al timbre del portal. Una voz de mujer contestó y respondí con un simple -Soy yo-. Entré y una bocanada de olor a verdura cocida me abofeteó. Al menos, dentro, la temperatura no era tan baja.

En el 3ºA me esperaba una puerta abierta (entornada más bien) y pasé sin llamar. Hacía calor y me quité el abrigo. Crucé el pasillo para llegar al salón, donde ella me esperaba. Miraba una copa de vino tinto mientras le daba vueltas -Este vino tiene una lágrima preciosa- dijo, y añadió sin levantar la mirada -Sírvete una copa-.

Obedecí, por última vez.

Lo que a continuación sucedió no voy a transcribirlo, porque fue lo mismo de siempre. Cuando las palabras se utilizan como armas, causan heridas tan profundas que ni siquiera otras palabras pueden curarlas.

Desde aquel día, el frío me recuerda aquella tarde. Odio el dolor sutil pero profundo que me causa. Aborrezco sobre todo, el silencio que lo llena todo cuando nieva. Ella se marchó y mi corazón anhela el calor.

 

LV – Tiempo despacio

Todo comenzó a principios del año 2027. En febrero apareció, en los medios de comunicación, un informe científico que indicaba que el tiempo transcurría cada vez más despacio.

Mediante complicados cálculos matemáticos, los estudiosos de los mecanismos que gobiernan la materia y la energía, los físicos teóricos, intentaban dar una explicación al suceso sin ser capaces. Al principio, la ralentización del tiempo era apenas perceptible, pero el fenómeno fue dejándose sentir sobre las personas, los animales y las plantas.

Pasaron 5 años y la vida en las ciudades era agradable, satisfactoria. La palabra estrés desapareció del vocabulario colectivo. Nadie llegaba tarde y disfrutábamos de nuestro tiempo libre.

Tras otros dos años en los que el tiempo avanzaba cada vez más despacio la felicidad se esfumó. La gente se aburría. Aumentaron las depresiones y los suicidios. 

Hoy, 24 de junio de 2035, el tiempo se ha parado, o al menos transcurre tan despacio que no tenemos percepción alguna de su paso. No envejezco. Exhausto escribo estas, mis últimas palabras que tal vez nunca lea nadie. Tal vez todo sea un engaño de mi cabeza. Tal vez estoy loco.

Me despido porque carezco de todo lo que me hacía sentirme humano. Digo adiós a este infierno en vida, este hoy infinito. La esencia del hombre es la esperanza del mañana, y yo la he perdido.

PD: parece que el proceso continúa y como algunos anunciaron, ahora el tiempo transcurre hacia atrás…  los científicos hablan de una paradoja imposible, y nadie sabe decirnos cómo afectará a nuestras vidas. He recuperado la esperanza, y aguardo pacientemente mi destino, soñando con dar de nuevo mi primer beso.

 

LIV – Dejar de pensar

Decidí dejar de pensar en cómo salvar el mundo.

Dejar de pensar, y volver a escribir.

 

LIII – María

María era joven, pero no mucho. Lo suficiente para carecer de la experiencia que le hubiera permitido cambiar el curso de su historia; esa luz que te dice que abandones el camino que has comenzado a recorrer, que te sugiere que ni el destino ni el viaje merecen la pena.

Fue feliz cuando nació su primera hija. Casi del todo. Abrazaba esa mentalidad tan castellana de temer por el infortunio en tiempos de alegría. Así fue que una discusión con su hermana por un tema sin importancia (¿quién lo recuerda ahora?) se convirtió en excusa para su dolor y en carga perenne para su alma. El tiempo, en vez de ir desgastando el motivo de la riña, lo convirtió en pensamiento recurrente, una lupa con la que escrutar todo lo que la hermana hacía y encontrar siempre razones para quererla menos.

Al observarla con el nivel suficiente de detalle cualquier persona puede parecer un ser despreciable. Solo cuando miramos la imagen completa y nuestro corazón está dispuesto a la indulgencia podemos rodearnos de amigos y amar.

Pasaron 4 años y dos hijas más, y a pesar de vivir en una casa llena de risas, María se fue volviendo cada vez más desconfiada y amargada. El odio había anidado dentro de ella y ya no era solo la hermana por quien sentía aversión. Se sumaban a esta lista viejos amigos, compañeros de trabajo, familiares e incluso desconocidos. Solo quedaban fuera de su desprecio las hijas y su padre, a quien a pesar de todo no perdonaba que no hubiera tomado partido por ella frente a su hermana.

Una antigua leyenda de los indios americanos, cuenta que un guerrero lloraba la muerte de su amada a manos de una terrible enfermedad. Ante la impotencia de no tener un enemigo de quien vengarse lanzó con todas sus fuerzas una flecha contra el cielo azul y la flecha lo perforó. El pequeño agujero fue haciéndose grande y con él llegó la oscuridad que originó la primera noche.

La rabia crece y se convierte en odio. El odio crece y se convierte en oscuridad. Así fue como María se convirtió en un ser amargado y oscuro. Cuando murió su padre ya no le quedaba nadie con quien compartir su dolor. No hay nada peor que la soledad cuando no la buscas.

El odio es un animal insaciable. Cuando no tiene a quien atacar se vuelve contra sí mismo y se devora.

María era mayor, pero no mucho. Lo suficiente para no saber cambiar.

 

LII – Inocencio

Lloro cuando recuerdo su mano en mi cara. Entonces reía. Era ciego y mayor pero reconocía mi voz aunque lo visitaba apenas un par de veces al año. Recuerdo su rostro, arrugado y pálido. Recuerdo su maquinilla eléctrica de afeitar y los paquetes de tabaco de color naranja. Con el paso de los años dejó de reconocerme, se fue apagando y murió. Recuerdo que mi tía llamó por teléfono y lloré.—No llores —me dijo— era ya muy mayor —. No fui capaz de responder. 

Llorar nos hace grandes. Hace que no olvidemos lo que somos. 

Recuerdo el pequeño transistor, siempre junto a su oreja. Ojalá lo tuviera. Lo guardaría como un tesoro. A veces guardamos cosas porque nos recuerdan a las personas. Sirven para recuperar imágenes y sonidos del pasado. Pero son solo cosas. Su cachaba de madera. Su boina negra.

Cuando murió, su habitación sin ventana volvió a formar parte de la vida de la casa. Yo era pequeño, pero cuando me preguntaron si quería dormir allí no tuve miedo. Se convirtió en uno de mis lugares favoritos del mundo. Lejos de todo, menos de mi. En aquella habitación oscura soñé como nunca he vuelto a soñar. Descansé hasta que el mundo entero parecía asequible. Recuerdo el sonido del motor del frigorífico que estaba fuera, en el pasillo.

Los libros en los que aprendemos las lecciones importantes de la vida no suelen tener muchas páginas. A los ojos de los demás suelen pasar desapercibidos.

Llorar nos hace pequeños. Quita la carga que llevamos sobre los hombros.

Puedo hablar poco más de él. Ya he dicho casi todo lo que recuerdo. Apenas nada. Pero si pudiera abrir mi corazón, volcar mis sentimientos… no podría dejar de escribir. Soy por él.

Recuerdo una piedra. Era una piedra blanca con forma de cubo imperfecto, del tamaño de un balón, desgastada por el uso. Tal vez él la usaba para sentarse, no lo recuerdo, pero era su piedra. Igual que su traje negro y su camisa blanca, eran lo que él era.

Recuerdo tu mano en mi cara y tu voz.

 

LI – Soledad

Un día descubrí que la soledad que tanto pretendía me abrazaba, pero había cambiado de cara, de esencia… No era ya la soledad de los poetas, la del silencio y la lectura sosegada, la de la inspiración y el descanso que aguardaba con paciencia. En algún momento, sin que lo percibiera se convirtió en incomprensión y desencaje, en afonía y en ruido blanco.

Me alejé tanto que ahora no puedo volver al camino. Solo me queda aprender a vivir sin esperar nada, sin reclamar nada, solo.

 

L – 32 de diciembre

Una palabra que me toque muy dentro, un beso de los que hacen olvidar, un empujón firme que me lleve hasta el cielo, una caricia descuidada, una risa sincera, un verso sin rima, una fuente de lágrimas compartidas, un abrazo que me rompa las costillas. Saber que si cierro muy fuerte los ojos, cuando los abra, se habrán ido los monstruos.

Aunque sea mentira.

Desprenderme de lo que queda, que no es poco, que no es bastante. Dejarme llevar, olvidarme de nadar. Oír sin escuchar.

Querer, amar, llorar, como si siempre fuera 32 de diciembre.

 

XLIX – Lo que me has enseñado

Cuando llegaste tuve que romper muchas páginas de verdades y borrar lecciones aprendidas. Descubrí que no hay límite para querer, que siempre se puede amar más, y a más. Que otras versiones de cualquier historia son posibles. Que la vida son innumerables y complejos puntos de vista sobre algo tan sumamente sencillo que jamás lo comprendemos.

Me hiciste recordar que cuando dices “te quiero” muchas veces, no solo no deja de valer, sino que crece y lo ocupa todo. Que los enfados deben ser breves, las risas inesperadas y los abrazos infinitos. Que la nieve puede dar miedo y un oso de peluche es lo más importante del mundo.

Aprendí que no sé nada, que es una gran fortuna asomarse a un universo por descubrir y hacerlo contigo. Que el móvil me roba el tiempo y leerte un cuento me hace más joven.

Y recuperé el miedo. A que te marches, a que enfermes, a que crezcas, a que ya no me quieras… Pero también me has enseñado que el miedo solo existe cuando hay algo que te llena y que merece la pena. Es el precio que debemos pagar por amar.

 

XLVIII – Una sonrisa

Comenzó con una sonrisa. Después todo quedó oculto bajo capas de esperanzas que se fueron. El tiempo erosiona lo que podía haber sido, dándole forma al futuro a través de la imagen cambiante del pasado.

Todo comenzó con una sonrisa y cuando los te quiero se convirtieron en silencios dejaron de tener sentido los besos.

El amor no es un regalo, es el pago por una espera, por cada lágrima vertida y cada noche sin dormir.