XXXI – El Señor de la Noche

Siendo como eres un señor de la noche, un alma solitaria en busca de corazones desbordados, de camas a medio llenar…

Siendo tú el secreto de las noches en vela, de las ojeras causadas por el llanto y la pasión.

Siendo a la llegada del ocaso el dueño de todo lo humano y lo divino, gobernando a tu antojo los anhelos de los hombres.

Por qué posaste tus ojos de mil años sobre ella? Por qué no elegir a otra, a otro?

El destierro es ahora mi único destino y las noches, a partir de ahora, dejarán de ser mi refugio para convertirse en meros días sin luz.

 

XXX – Il Mare della Sardegna

Sentado en la arena, el mar ocupa todo lo que mis ojos se permiten abarcar.

Si giro la cabeza a la izquierda, una imponente masa de piedra es el inevitable final a la linea de horizonte. A la derecha la bruma desdibuja lo que parece una zona residencial. Lejos.

El mar azul o transparente. De alguna manera que nunca he comprendido ambas cosas a la vez.

Mi mirada sigue el lento navegar de un velero a lo lejos. Las olas marcan con lineas invisibles el camino entre el horizonte y el lugar en el que me encuentro, desintegrándose en la orilla. Son incapaces de llegar a su destino, o tal vez explotan de alegría al hacerlo.

Explican que toda la grandeza del universo, indudablemente acaba apuntando hacia uno mismo. O tal vez sólo son eso, perturbaciones causadas por el viento.

El universo, tan colosal que la única manera de comprender su secreto es dejarse llevar por su verso eterno y convertirse en parte del misterio.

[…]

Un velero se pierde detrás de una enorme montaña y mis ojos caprichosos buscan otra distracción.

 

XXIX – Serie B

Mientras ella se quitaba el pelo de la cara, despejando la mirada de aquellos enormes ojos color canela, yo sabía que mi vida ya no valía nada.

Sonriendo, me apuntaba con su Beretta 9mm sin un atisbo de nerviosismo o duda. Con un brillo especial en sus ojos me preguntó: -Quieres decir algo antes de morir?-

En un instante debía decidir si intentaba buscar las palabras mágicas que salvaran mi vida, o tal vez las que liberasen mi alma.

Nunca he sido del tipo de hombres que suplican, así que alzando la mirada y con toda la clase que pude (con la fuerza que da saber que todo está perdido), dije: -Si pudiera viajar 100 veces al pasado, 100 veces volvería a aquella habitación de hotel a hacer lo que hice, y de ni una sola de ellas me arrepentiría.-

Layla parpadeó y cuando volvió a abrir los ojos, su brillo había desaparecido, al igual que su sonrisa y la seguridad con la que sujetaba el arma.

Volvió a cerrar los ojos mientras apretaba el gatillo.

Deseó no tener que volver a abrirlos jamás para no ver el cuerpo agonizante del hombre al que una vez amó.

 

XXVII – La Risa de un Súcubo

Desperté y te busqué a mi lado, pero sólo encontré la almohada. La abracé mientras te pensaba. Intenté llenar con ella un vacío infinito.

Mientras tanto, un súcubo me observaba y reía. Los demonios disfrutan jugando con las almas desesperadas.

 

XXVI – L’uccellino

Cada segundo alejado de ti, cada momento sin escuchar tu voz.

Una carrera del corazón contra el recuerdo de tus noches a mi lado.

El latido de un reloj de pulsera y la historia de mi vieja guitarra.

Todo parece escribir una partitura y la música es tu sonrisa.

La distancia te destila, te concentra, te dibuja contra el horizonte, una suave silueta. Sigo sus líneas y al final del camino, l’uccellino me cuenta lo que ya sabía, que tú y yo somos uno y a la vez todo y como si de un misterio se tratara todo lo que eres forma parte de mi esencia.

Por eso, cuando no estás a mi lado, es a mi propia alma a quien echo de menos.

 

XXV – Redención

El camino comenzaba a hacerse cada vez más abrupto y el grupo avanzaba más despacio. Si los cálculos del líder no eran erróneos aún tardarían cuatro jornadas en ver a lo lejos los campos ya cosechados y las viviendas más alejadas. Pero no sería hasta el siguiente día que llegarían a su destino, el pequeño poblado entre las montañas y sobre todo el viejo monasterio en el que pasarían el resto de sus vidas.

Sus cuerpos jóvenes, cansados de caminar, apenas se quejaban. Al contrario, disfrutaban de aquella su última gran aventura.

Sus almas viejas, también cansadas, no encontraban el momento de redimirse y rendir cuentas ante instancias más elevadas.

Cuando la noche llegó, el grupo descansaba en un refugio improvisado entre unas grandes rocas. El silencio que les acompañaba se hizo más patente cuando las estrellas aparecieron y sólo el antiguo verso de una pequeña hoguera parecía seguir con vida.

 

XXIV – La Vida Cantando

No es por nada, ni todo lo contrario, pero a veces se nos escapa la vida callados, en vez de cantando.

Y no es menos cierto que el silencio que muchas veces usamos como refugio se convierte en una costra, una cáscara impermeable.

Cantar, no lo olvides, es el regalo con el que honramos al primer caminante, pero también es el lenguaje natural del alma y el pegamento que mantiene unidos mis sentimientos…

…a los tuyos.

 

XXIII – Plastificado

Tenía una planta de plástico en el salón de su casa.

Y un corazón también plastificado, como los libros que llevábamos al colegio.

Ella lo regó con sus besos e intentó no ahogarlo con mil caricias.

Le dio calor con sus abrazos y la luz de sus mejores palabras.

Un día, una flor brotó, tímida.

Era de plástico, mas una flor.