XXXIV – Hacerse un Hombre

Descubrió que era un hombre un domingo de octubre. Paseaba por la tarde entre unos pinos resineros que mostraban orgullosos sus antiguas cicatrices. Disfrutaba del aroma del monte después de la lluvia, de los tomillos y las jaras.

Saliendo un momento de su ensimismamiento se dio cuenta de que empezaba a oscurecer y miró el reloj.

Aquel viejo reloj con corazón de metal y alma de áncora.

Vio la hora, pero no hubiera podido decir si era pronto o tarde.

Parado, en mitad del camino, acercó el reloj al oído y escuchó por primera vez en mucho tiempo.

Comprendió que el tiempo, el tic-tac-tic-tac, no es otra cosa que un aviso de que la vida de un hombre se mide por la cantidad de instantes de los que ha sido consciente. Todos los momentos que pasaron de largo, sin afectarnos, no son otra cosa que lo que nos hace viejos.

 

XXXIII – Atópico

Cuando le conocí no me enamoré como una perra de él. No me importaba. Sólo quería follármelo y contárselo a mis amigas.

Eso es lo que nos gusta a las tías; follar y hablar de follar. De eso y de fútbol. Aunque follar, a veces es más divertido.

Qué hijoputa, ¡cómo me hacía gritar!

Ahora el cabrón se folla a otra. Ya no hablo de él, porque ya no me come el coño. Ahora me follo a un camarero que tiene un pendiente en un pezón y un tatuaje cutre en el pecho y hablo de Cristiano Ronaldo con mis amigas. Creo que le quiero.

¡A Cristiano no, gilipollas!

 

XXXI – El Señor de la Noche

Siendo como eres un señor de la noche, un alma solitaria en busca de corazones desbordados, de camas a medio llenar…

Siendo tú el secreto de las noches en vela, de las ojeras causadas por el llanto y la pasión.

Siendo a la llegada del ocaso el dueño de todo lo humano y lo divino, gobernando a tu antojo los anhelos de los hombres.

Por qué posaste tus ojos de mil años sobre ella? Por qué no elegir a otra, a otro?

El destierro es ahora mi único destino y las noches, a partir de ahora, dejarán de ser mi refugio para convertirse en meros días sin luz.

 

XXX – Il Mare della Sardegna

Sentado en la arena, el mar ocupa todo lo que mis ojos se permiten abarcar.

Si giro la cabeza a la izquierda, una imponente masa de piedra es el inevitable final a la linea de horizonte. A la derecha la bruma desdibuja lo que parece una zona residencial. Lejos.

El mar azul o transparente. De alguna manera que nunca he comprendido ambas cosas a la vez.

Mi mirada sigue el lento navegar de un velero a lo lejos. Las olas marcan con lineas invisibles el camino entre el horizonte y el lugar en el que me encuentro, desintegrándose en la orilla. Son incapaces de llegar a su destino, o tal vez explotan de alegría al hacerlo.

Explican que toda la grandeza del universo, indudablemente acaba apuntando hacia uno mismo. O tal vez sólo son eso, perturbaciones causadas por el viento.

El universo, tan colosal que la única manera de comprender su secreto es dejarse llevar por su verso eterno y convertirse en parte del misterio.

[…]

Un velero se pierde detrás de una enorme montaña y mis ojos caprichosos buscan otra distracción.

 

XXIX – Serie B

Mientras ella se quitaba el pelo de la cara, despejando la mirada de aquellos enormes ojos color canela, yo sabía que mi vida ya no valía nada.

Sonriendo, me apuntaba con su Beretta 9mm sin un atisbo de nerviosismo o duda. Con un brillo especial en sus ojos me preguntó: -Quieres decir algo antes de morir?-

En un instante debía decidir si intentaba buscar las palabras mágicas que salvaran mi vida, o tal vez las que liberasen mi alma.

Nunca he sido del tipo de hombres que suplican, así que alzando la mirada y con toda la clase que pude (con la fuerza que da saber que todo está perdido), dije: -Si pudiera viajar 100 veces al pasado, 100 veces volvería a aquella habitación de hotel a hacer lo que hice, y de ni una sola de ellas me arrepentiría.-

Layla parpadeó y cuando volvió a abrir los ojos, su brillo había desaparecido, al igual que su sonrisa y la seguridad con la que sujetaba el arma.

Volvió a cerrar los ojos mientras apretaba el gatillo.

Deseó no tener que volver a abrirlos jamás para no ver el cuerpo agonizante del hombre al que una vez amó.

 

XXVII – La Risa de un Súcubo

Desperté y te busqué a mi lado, pero sólo encontré la almohada. La abracé mientras te pensaba. Intenté llenar con ella un vacío infinito.

Mientras tanto, un súcubo me observaba y reía. Los demonios disfrutan jugando con las almas desesperadas.

 

XXVI – L’uccellino

Cada segundo alejado de ti, cada momento sin escuchar tu voz.

Una carrera del corazón contra el recuerdo de tus noches a mi lado.

El latido de un reloj de pulsera y la historia de mi vieja guitarra.

Todo parece escribir una partitura y la música es tu sonrisa.

La distancia te destila, te concentra, te dibuja contra el horizonte, una suave silueta. Sigo sus líneas y al final del camino, l’uccellino me cuenta lo que ya sabía, que tú y yo somos uno y a la vez todo y como si de un misterio se tratara todo lo que eres forma parte de mi esencia.

Por eso, cuando no estás a mi lado, es a mi propia alma a quien echo de menos.

 

XXV – Redención

El camino comenzaba a hacerse cada vez más abrupto y el grupo avanzaba más despacio. Si los cálculos del líder no eran erróneos aún tardarían cuatro jornadas en ver a lo lejos los campos ya cosechados y las viviendas más alejadas. Pero no sería hasta el siguiente día que llegarían a su destino, el pequeño poblado entre las montañas y sobre todo el viejo monasterio en el que pasarían el resto de sus vidas.

Sus cuerpos jóvenes, cansados de caminar, apenas se quejaban. Al contrario, disfrutaban de aquella su última gran aventura.

Sus almas viejas, también cansadas, no encontraban el momento de redimirse y rendir cuentas ante instancias más elevadas.

Cuando la noche llegó, el grupo descansaba en un refugio improvisado entre unas grandes rocas. El silencio que les acompañaba se hizo más patente cuando las estrellas aparecieron y sólo el antiguo verso de una pequeña hoguera parecía seguir con vida.