IV – Nieve

Esta vez no ha llegado de repente. La esperamos con el alma dispuesta y los ojos abiertos, como de niño, mirando al cielo impacientes. Mientras, el recuerdo de tiempos mejores inunda nuestra espera de emoción.

Cuando caen los primeros copos no puedo evitar sacar la lengua y sentir su fría caricia. Sonrío. Sonrío de verdad, de manera sincera, como cuando me besabas y acariciabas mi pelo. Caricias cálidas y frías que dibujan la misma sonrisa de felicidad.

Unos minutos más tarde, cuando todo lo cubre, llegan los gritos de los más pequeños. Primero las risas nerviosas al enfrentarse a lo novedoso, a lo sorprendente y después el llanto lastimero porque Luis le ha pegado un bolazo en la oreja…

Por la noche el silencio más absoluto y el color anaranjado de las calles. Es el momento de la reflexión.

La alegría del día se vuelve nostalgia y descubro que el color de la tristeza se puede borrar, aunque su esencia permanece bajo una capa de nieve.

Con la mañana, la pureza de lo blanco se convierte en gris desesperanza y la ciudad llora.

 

III – Las vacaciones de los Reyes Magos

El día 7 de enero ya no es navidad. Juegan los niños con los regalos que les han traído los Reyes Magos (solo si se portaron bien) y en la mayoría de las casas todavía está el árbol montado, aunque ya no se enciendan las luces. Durarán unos cuantos días o semanas los restos de turrón, polvorones y peladillas, hasta que la buena madre se aburre de verlos dando vueltas y convence al padre para que se los coma refunfuñando o los tira a la basura, con gran pesar, porque a las madres, eso de tirar cosas…

Una o dos semanas después todo está olvidado. La navidad deja paso a la cuesta de enero y los niños y niñas se enfrentan otra vez a sus quehaceres diarios, a sus deberes y a las clases de inglés y de música. El invierno continúa su camino implacable, sin el consuelo de la cálida navidad.

Entonces, solo entonces, los Reyes Magos descansan.

Ellos lo llaman su «merecido descanso». Pero ¿os imagináis tener 11 meses de vacaciones al año? Porque no nos engañemos, ni los Reyes Magos ni Papá Noel trabajan más allá de unos días. La realeza, como se le supone, tiene a «gente» que hace el trabajo sucio. Su función es más un tema de imagen, de aparecer en la foto. Forman parte de lo que actualmente llamaríamos el merchandising o el desarrollo de la marca «Navidad».

Son como los famosetes que van a fiestas, posan en el photocall sonrientes, con sus tetas operadas y sus «chutes» de botox y después vuelven a sus miserables vidas. Con la diferencia de que unos tienen que trabajar un par de días a la semana y los otros un par al año.

Después descansan.

Es a principios de abril cuando, después de unas semanas separados, Melchor, Gaspar y Baltasar vuelven a reunirse para revisar meticulosamente la temporada navideña. Analizan los fallos y problemas surgidos para no volver a cometerlos en la siguiente.

Durante estos días surgen las primeras chispas y malos rollos. Sus majestades discuten por cualquier estupidez. Es lo que tiene mezclar mucho tiempo libre con la sangre azul.

Sé de primera mano que en abril de 1988 los Reyes Magos estuvieron a punto de separarse para siempre. Melchor y Baltasar sugerían una ruta nueva para poder repartir los juguetes en menos tiempo pero Gaspar nunca ha aceptado cambios significativos en el sistema logístico y de reparto. Todo el mundo sabe que Gaspar es el más tradicional.

La falta de consenso estuvo a punto de hacer que todos nos quedáramos sin regalos en 1989, pero a última hora, Sus Majestades volvieron a sentarse a negociar y Gaspar accedió a probar la nueva ruta ese año como experiencia piloto. Tal vez fue la precipitación o que el nuevo sistema no funcionaba, pero el hecho es que algunos niños no recibieron sus regalos hasta bien entrada la tarde del día 6 y se optó por volver al sistema antiguo, para alegría del rey heleno.

Más habituales son las depresiones y ataques de ansiedad entre Los Reyes. Los episodios más graves han sucedido siempre después del verano, en septiembre y octubre. Los días se hacen más cortos y el tiempo empeora. Si lo unimos a la falta de actividad, estas fechas, previas al invierno siempre son duras para ellos.

El intento de suicidio de Gaspar en septiembre de 1973 fue tal vez el ejemplo más claro de lo que pasa por la cabeza de Los Reyes durante el otoño. Si unimos a las causas citadas anteriormente el consumo abusivo de alcohol y el divorcio de su mujer Verónika, no es de extrañar que Gaspar intentara poner fin a su vida. Mezcló una botella de Ribera del Duero con un puñado de neurolépticos y se dispuso a recibir la muerte tranquilamente, en su pequeño palacio.

Lo único que consiguió fue una gran vomitona morada en el sofá de piel y un brutal dolor de cabeza durante casi una semana. Además, los Reyes Magos son inmortales, no pueden suicidarse.

A partir de este dramático suceso, los Reyes visitan regularmente a un terapeuta, un psicólogo a quien cuentan sus preocupaciones y que les ayuda a disipar la ansiedad acumulada por tocarse los huevos durante 11 meses al año.

La verdad es que una vez que los conoces pierden gran parte de su encanto y misterio… Pero imagino que al fin y al cabo, los Reyes Magos no son tan distintos a nosotros.

 

II – Amanecer

La mañana desafiante, quería cubrir la ciudad con su manto dorado y el silencio lo llenaba todo. Denso, omnipotente, observaba nuestros rostros intentando averiguar lo que aquella noche no supimos decirnos.

La amenaza se convirtió en castigo y los primeros rayos de sol entraron en el dormitorio. La persiana y las cortinas que tan celosamente habías cerrado para aislarnos del mundo eran manos de niño intentando guardar el agua de una fuente.

Nos miramos unos segundos, o tal vez ni eso. Sin hablar adivinamos que la luz del día había borrado nuestras caricias. Sentiste vergüenza por tu cuerpo desnudo junto al mío y yo temía que mis promesas pudieran ser reclamadas algún día.

Fuera, en la calle, el sol gritaba ya con fuerza, gobernando su reino de rutina y apariencias.

Me vestí y me largué después de darte un beso en la mejilla. No volví la vista atrás durante el camino a mi casa. Sólo en el refugio de mi soledad pude echarte de menos todos los días de mi vida.

 

I – Poema nº 20

Aún recuerdo a Enrique, detrás de una taza de café hirviendo en aquella tasca de Arturo Prat, con su voz aguda, pero de alguna manera profunda, compartiendo con nosotros la filosofía de su vida, la conclusión de su historia de amor roto con Estela:

«Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido»

Más tarde, Pablo recogió aquella lección en su libro. Un poema precioso, que todavía me hace recordar momentos donde todo era más sencillo. Sufríamos por cosas más importantes, como el amor y las ideas, el resto no importaba.

Con el tiempo, descubrí que el olvido no es largo. Es el recuerdo lo que perdura y nunca se marcha. Se convierte en una parte de nosotros, como lo son las manos o el pelo. No siempre somos conscientes de que respiramos, pero no por ello nos olvidamos de hacerlo.