XIV – Crossroads

Un escalofrío recorrió su delicada silueta de bailarina. El tiempo lo había simplificado todo y finalmente reclamaba determinación.

Por un lado la seguridad de lo cercano, la tranquilidad que ofrece seguir el camino seguro.

Por el otro el cambio, la emoción de moverse en un escenario sin límites y llegar donde nadie ha llegado.

Después de darle mil vueltas en la cabeza sin hallar respuesta a su disyuntiva, decidió lanzar una moneda al aire y jugarse su destino a cara o cruz. En aquel momento no fue consciente, pero el mero hecho de dejar en manos del azar su futuro fue el primer paso de su nueva vida.

 

XIII – El final de un ser insignificante

Estaba todavía en la cama, a pesar de que la tarde del domingo amenazaba ya con desplegar su silencioso vacío.

La mente despejada, pero algo le mantenía debajo del edredón, con los ojos muy abiertos y la mirada fija en el techo blanco, en la bombilla que de él colgaba. La habitación tenuemente iluminada por la luz que entraba por la ventana, lo suficiente para apreciar el montón de ropa que cubría una silla.

El tiempo transcurría muy despacio, el momento era eterno. Los pensamientos enormes elefantes dirigiéndose plácidamente no se sabe muy bien a dónde, tal vez simplemente caminando hacia el horizonte.

¿Quién pone en orden su vida un domingo por la mañana? ¿Quién sale de la cama sin miedo a infectarse de los males que han hecho enfermar al mundo?

***

Un año después encontraron su cadáver. Ya sólo huesos y algún resto de tejido reseco. La calavera parecía seguir mirando aquella bombilla, ahora cubierta de telarañas y de polvo.

Era tan cobarde que no buscó una salida. Era tan mezquino que nadie se había percatado de su desaparición. Era tan insignificante…

 

XII – Carta de El Alierkh

Cuando la noche más profunda llega a su fin
y los primeros indicios del amanecer aparecen en forma de sombras tenues.
Cuando los secretos más oscuros de toda una vida
toman las riendas de los sueños en forma de pesadilla.
Sólo entonces, el alma del ser humano está preparada
para enfrentarse a mi juicio y designio.
El Alierkh

 

Soy El Alierkh y cuando me crearon, también me asignaron una misión en este mundo; acabar con la decepción y el desengaño.

En otras palabras, soy un asesino de ilusiones.

Me enseñaron que cada ser humano no solo inventa su futuro, sino que pinta el destino de la humanidad completa. Con los mismos rotuladores, cada cual dibuja un cuento diferente, y el tiempo, en su implacable juicio, los saca a todos de su error.

Yo, sin embargo, tengo la mirada clara. Sé que moriré y que mi pasado me ha hecho lo que soy. Poco más.

A cambio de mi trabajo, sólo recibo de vosotros miradas de sucio desprecio. El hombre es un ser desagradecido. Ignorante. Prefiere soñar que vivir. Agota su tiempo y se ahoga en su propia mentira.

Sé que nunca acabaré con la ilusión de toda la humanidad. No seré yo, pero alguien después de mí os traerá una gran noticia y la última esperanza del futuro soñado desaparecerá como también lo harán vuestras lágrimas.

Soñad mientras podáis, preparaos para vivir.

 

IX – La lluvia

Llevaba lloviendo tanto tiempo que en la mayoría de las casas de la ciudad, las humedades aparecidas durante los primeros meses fueron dando lugar a unas pequeñas formaciones de hongos y musgo. En algunos casos la gente las había aceptado como si fueran pequeños bosquecillos o rocallas dentro de casa. Como los geranios que ponen las señoras en el balcón, pero en la cocina, salón o en el dormitorio…

Algunos niños pequeños, no conocían al gran sol en todo su esplendor. Y los más mayores, relataban con nostalgia las épocas de sequía, el racionamiento del agua, los consejos para no desperdiciarla…

Cualquier tiempo pasado fue mejor.

Yo, sin embargo, creía ser feliz. Miraba la lluvia caer desde mi ventana y escuchaba su eterno golpear en el tejado de mi casa. Me hacía sentirme seguro dentro de una burbuja, un lugar donde la tormenta no podía alcanzarme.

Al principio me ponía mi chubasquero, cogía un paraguas y hacía vida normal, la misma que cuando no llovía. Iba a trabajar, hacía la compra, veía a los amigos y a la familia. Pero poco a poco fui renunciando a la rutina que transcurría bajo el cielo amenazante. Comencé a trabajar desde casa y cada vez salía menos. La gente venía a verme, pero fueron adquiriendo esa «pereza» o repulsión al exterior, y poco a poco las visitas fueron desapareciendo, hasta que me vi solamente distraído un par de veces a la semana por el repartidor del supermercado y el cartero.

Una soledad deseada, buscada. Nada me atraía del exterior, y en mi hogar tenía todo lo que necesitaba para vivir. El teléfono e internet me permitían todo el contacto que necesitaba, sin necesidad de salir a mojarme. De alguna manera me sentía autosuficiente, dueño de mi destino y de mi felicidad.

Después de un año de retiro, seguía pasando horas enteras mirando a través de la ventana. No se veía tanta gente como cuando no llovía, pero la mayoría seguía haciendo su vida. Trabajando en sus fábricas y comercios, llevando a los niños al colegio, conduciendo sus enormes coches…

Fue entonces, cuando, un día vi a una niña pequeña, de no más de 4 años, con sus gafitas, un chubasquero rosa y unas botas de agua también rosas. Se había quitado la capucha y saltaba dentro de un charco de agua y barro que había en una zona ajardinada. Su padre la miraba y sonreía. La niña sabía que estaba haciendo algo prohibido y devolvía una mirada desafiante mezclada con una sonrisa de complicidad. Unos instantes después, ambos, padre e hija se abrazaban y reían.

Me sorprendí sonriendo yo también. Pensé que casi había olvidado lo que era reir y llorar, y recordé que riendo y llorando es como sabemos que estamos vivos.

Descubrí que tal vez, a pesar de haber burlado a la lluvia, mi alma estaba mojada, empapada, y una densa capa de musgo la había estropeado.

 

VIII – Dialogo interno de una mujer joven un jueves por la tarde

Giro la esquina. Estoy nerviosa. Ya llego, lo siento, me acerco. Casi tiemblo. Mi corazón late. Mi corazón.

Entro. Sonrío. Entro y miro. Busco. No busco. Encuentro. Persigo. Encuentro. Llego. Destino.

Sonrío. Tiemblo. Nervios. Sonrío. Miedo. Miro. Doy la vuelta. Miro. Toco. Acaricio.

 

38 – 38 – 38 – 38 – 38 – 38 – 38

 

Llegan. Miro. En mis manos. Miro. Toco. Siento. Vibro. Respiro. Tiemblo.

Me siento. Me descalzo. Primero uno. Después otro. Respiro. Siento miedo. Miedo. Miedo. Duda. Miedo.

Siento. Sonrío. Camino. Miro y camino. Miro y sonrío. Me siento, me levanto. Miro y sonrío.

Sonrío. Los guardo en su caja como un tesoro. Papel. Tapa. Como un tesoro.

Pago. Lo necesito. Pago. No es caro. Felicidad. Dinero. Felicidad. No dinero. Felicidad.

Respiro. Camino. Salgo. El día es precioso. Respiro. Felicidad. Respiro y sonrío. Felicidad. Felicidad!

Vacío

 

VII – Jacinto Jiménez Jarque

Jacinto Jiménez Jarque, el 3 jotas como le llaman desde que hizo la mili, es un hombre de costumbres.

De lunes a sábado se levanta a las 8 y media de la mañana, desayuna un café solo con dos tostadas y, después de asearse y arreglarse, sale de casa siempre bajo la inexcusable protección de uno de sus 7 sombreros.

Hijo de una canaria y de un afilador de cuchillos de la Castilla más castiza (la historia de cómo estos se conocieron requeriría un relato más extenso), Jacinto Jiménez Jarque comenzó a trabajar ya desde muy joven, ayudando a su padre y cuidando de sus tres hermanas y tres hermanos, todos más jóvenes que él.

A sus 73 años, Jacinto tiene esposa, 3 hijos y 4 nietos, un estado de salud envidiable y unos buenos dineros ahorrados de sus largos años trabajando como funcionario del ayuntamiento.

Todo apunta a que debería disfrutar de su retiro y sus merecidos años de descanso después de una vida plena, pero lo cierto es que Jacinto guarda un secreto.

Todas las mañanas sale de casa y nadie sabe muy bien dónde va. Su mujer e hijos dejaron ya hace años de preguntarle o intentar seguirlo. Mira el reloj, como si temiera llegar tarde a una cita y con el gesto nervioso, se marcha, y vuelve a aparecer unas horas después, a la hora de comer, con una actitud más tranquila y relajada.

Todos los días de lunes a sábado, Jacinto sale de su casa, coge su viejo Seat Ibiza verde botella y recorre exactamente 7,7 Km hasta el interior de un viejo pinar fuera de la ciudad.

Aparca, o mejor dicho deja el coche al borde del camino y sigue un sendero apenas perceptible durante otros 200 o 300 metros. Un sendero que Jacinto ha ido definiendo con sus pisadas a lo largo de los años.

Al principio atravesaba zonas diferentes del bosque, incluso daba un rodeo para que nadie pudiera seguirle. Con el tiempo comprobó que nadie frecuentaba esa zona del pinar y si se encontraba algún día con un agente forestal o un buscador de setas, sería más sencillo justificar su presencia si se encontraba dentro de un sendero.

El destino de Jacinto es un pequeño claro entre los pinos. El suelo está cubierto de grandes piedras blancas y grises y una especie de tupido musgo reseco la mayor parte del año. En un lateral hay una magnífica sabina albar, perfecta, de porte casi simétrico y más de 5 metros de altura, bastante más baja que los pinos que la rodean, pero ciertamente más vieja que los abuelos de estos y tal vez por ello, los árboles cercanos parecen respetarla, manteniendo su espacio libre de cualquier intento de ocupación.

Jacinto saca un pañuelo de su bolsillo y tras colocarlo en una de las piedras, más alta y plana que las demás, se sienta con la mirada puesta en la vieja sabina y espera.

Sabe que «ella» llegará cualquier día. El claro en el bosque es una puerta entre su mundo y el nuestro. Hoy, o tal vez mañana aparecerá cuando el sol ocupe el lugar más alto del cielo. Cualquier día menos el séptimo de cada semana.

Jacinto sabe que es su misión esperar y estar allí cuando ella vuelva, antes de que despliegue su magia. Sólo él sabe cómo hacerla regresar al lugar del que nunca debería salir.

Ya casi es la hora de comer. Jacinto recoge su pañuelo, con un gesto automático y realiza el camino de vuelta una vez más. Camina cabizbajo, pensando que ya es demasiado viejo. Pronto no podrá cumplir con su obligación. Tal vez sea hora de encontrar un sustituto y descansar.

 

VI – Manuel Baeza

Al enfrentarse al cadalso el día de su 36 cumpleaños, Manuel Baeza miraba hacia atrás en su memoria. Los chapuzones de verano en el Río Tormes cuando era crío, el bofetón que le dio su padre el día que lo pilló fumando, el olor dulce de su madre cuando lo besaba antes de dormir…

Más cercana en el tiempo e igual de nítida, estaba presente la decisión que truncaría su vida. La que le hacía encaminarse, forzado, tres años después, a aquella estructura de madera con olor a vergüenza y a muerte.

Incluso respirar o mirar al cielo son actos que dirigen nuestra vida, nos entregan al abrazo de la casualidad y de lo que falsamente llamamos azar.

Manuel Baeza mató, y por ello merecía morir. Es la ley del hombre. La de Dios queda lejos de nuestro entendimiento. Las razones de su delito las desconocemos, y en el fondo no nos importan, porque todo hombre escribe la historia de su vida.

Minutos antes de la puesta del sol, un cuerpo sin vida pendía de la soga atada a su cuello. Poco importaba entonces si aquella alma había amado o había sido bondadosa. Poco importaban los huérfanos y las viudas… Ni siquiera dónde iban a reposar los restos amoratados de Manuel.

Sólo importaba preparar la horca para que otro hombre se enfrentara a su destino.

 

V – El grito

Después de casi una hora caminando por el Barrio Antiguo, paseando y hablando de asuntos tan importantes como lo que iban a cenar aquella noche o el color más adecuado para las nuevas cortinas del salón, Marisa se paró en seco, giró hacia su marido y le dijo:

—Ángel, tengo ganas de gritar.

—¿Te pasa algo?

—No. Sólo tengo ganas de gritar.

—Pero… ¿por qué?¿qué va a pensar la gente?

—Me da igual. ¡Tengo ganas de gritar y lo voy a hacer ahora mismo!

—Pero cariño…

—¡Uhaaaaaaaaaaa…!

Marisa pegó un alarido con toda la fuerza de sus pulmones. Fueron sólo unos segundos, pero la energía con la que gritó hizo que varias decenas de personas les miraran.

Después de un instante de silencio y tras comprobar toda la gente que allí no había pasado nada, el mundo siguió su camino.

—Pero ¿qué te pasa?, ¿estás loca?— preguntó Ángel bajando la voz, como intentando compensar así el grito de su mujer.

—No me pasa nada. Vamos a casa— le contestó su mujer con una amplia sonrisa.

En silencio, entre avergonzado y asustado, Ángel caminó junto a Marisa, siempre un paso detrás de ella, hasta que llegaron a casa.

La mujer se puso a hacer la cena y su marido, sentado en el sofá, se dio cuenta de que toda la vergüenza que había sentido no era otra cosa que el vacío que le había quedado al no haber sido él quien gritara aquella tarde.