Capítulo IX - La lluvia
Llevaba lloviendo tanto tiempo que en la mayoría de las casas de la ciudad, las humedades aparecidas durante los primeros meses fueron dando lugar a unas pequeñas formaciones de hongos y musgo. En algunos casos la gente las había aceptado como si fueran pequeños bosquecillos o rocallas dentro de casa. Como los geranios que ponen las señoras en el balcón, pero en la cocina, salón o en el dormitorio...
Algunos niños pequeños, no conocían al gran sol en todo su esplendor. Y los más mayores, relataban con nostalgía las épocas de sequía, el racionamiento del agua, los consejos para no desperdiciarla...
Cualquier tiempo pasado fue mejor.
Yo, sin embargo, creía ser feliz. Miraba la lluvia caer desde mi ventana y escuchaba su eterno golpear en el tejado de mi casa. Me hacía sentirme seguro dentro de una burbuja, un lugar donde la tormenta no podía alcanzarme.
Al principio me ponía mi chubasquero, cogía un paraguas y hacía vida normal, la misma que cuando no llovía. Iba a trabajar, hacía la compra, veía a los amigos y a la familia. Pero poco a poco fui renunciando a rutina que transcurría bajo el cielo amenazante. Comencé a trabajar desde casa y cada vez salía menos. La gente venía a verme, pero fueron adquiriendo esa "pereza" o repulsión al exterior, y poco a poco las visitas fueron desapareciendo, hasta que me vi solamente distraído un par de veces a la semana por el repartidor del supermercado y el cartero.
Una soledad deseada, buscada. Nada me atraía del exterior, y en mi hogar tenía todo lo que necesitaba para vivir. El teléfono e internet me permitían todo el contacto que necesitaba, sin necesidad de salir a mojarme. De alguna manera me sentía autosuficiente, dueño de mi destino y de mi felicidad.
Después de un año de retiro, seguía pasando horas enteras mirando a través de la ventana. No se veía tanta gente como cuando no llovía, pero la mayoría seguía haciendo su vida. Trabajando en sus fábricas y comercios, llevando a los niños al colegio, conduciendo sus enormes coches...
Fue entonces, cuando, un día vi a una niña pequeña, de no más de 4 años, con sus gafitas, un chubasquero rosa y unas botas de agua también rosas. Se había quitado la capucha y saltaba dentro de un charco de agua y barro que había en una zona ajardinada. Su padre la miraba y sonreía. La niña sabía que estaba haciendo algo prohibido y devolvía una mirada desafiante mezclada con una sonrisa de complicidad. Unos instantes después, ambos, padre e hija se abrazaban y reían.
Me sorprendí sonriendo yo también. Pensé que casi había olvidado lo que era reir y llorar, y recordé que riendo y llorando es como sabemos que estamos vivos.
Descubrí que tal vez, a pesar de haber burlado a la lluvia, mi alma estaba mojada, empapada, y una densa capa de musgo la había estropeado.