Dilectia - Microcosmos absoluto


Capítulo VII - Jacinto Jiménez Jarque

Jacinto Jiménez Jarque, el 3 jotas como le llaman desde que hizo la mili, es un hombre de costumbres.

De lunes a sábado se levanta a las 8 y media de la mañana, desayuna un café solo con dos tostadas y, después de asearse y arreglarse, sale de casa siempre bajo la inexcusable protección de uno de sus 7 sombreros.

Hijo de una canaria y de un afilador de cuchillos de la Castilla más castiza (la historia de cómo estos se conocieron requeriría un relato más extenso), Jacinto Jiménez Jarque comenzó a trabajar ya desde muy joven, ayudando a su padre y cuidando de sus tres hermanas y tres hermanos, todos más jóvenes que él.

A sus 73 años, Jacinto tiene esposa, 3 hijos y 4 nietos, un estado de salud envidiable y unos buenos dineros ahorrados de sus largos años trabajando como funcionario del ayuntamiento.

Todo apunta a que debería disfrutar de su retiro y sus merecidos años de descanso después de una vida plena, pero lo cierto es que Jacinto guarda un secreto.

Todas las mañanas sale de casa y nadie sabe muy bien donde va. Su mujer e hijos dejaron ya hace años de preguntarle o intentar seguirlo. Mira el reloj, como si temiera llegar tarde a una cita y con el gesto nervioso, se marcha, y vuelve a aparecer unas horas después, a la hora de comer, con una actitud más tranquila y relajada.

Todos los días de lunes a sábado, Jacinto sale de su casa, coge su viejo Seat Ibiza verde botella y recorre exactamente 7,7 Km hasta el interior de un viejo pinar fuera de la ciudad.

Aparca, o mejor dicho deja el coche al borde del camino y sigue un sendero apenas perceptible durante otros 200 o 300 metros. Un sendero que Jacinto ha ido definiendo con sus pisadas a lo largo de los años.

Al principio atravesaba zonas diferentes del bosque, incluso daba un rodeo para que nadie pudiera seguirle. Con el tiempo comprobó que nadie frecuentaba esa zona del pinar y si se encontraba algún día con un agente forestal o un buscador de setas, sería más sencillo justificar su presencia si se encontraba dentro de un sendero.

El destino de Jacinto es un pequeño claro entre los pinos. El suelo está cubierto de grandes piedras blancas y grises y una especie de tupido musgo reseco la mayor parte del año. En un lateral hay una magnífica sabina albar, perfecta, de porte casi simétrico y más de 5 metros de altura, bastante más baja que los pinos que la rodean, pero ciertamente más vieja que los abuelos de estos y tal vez por ello, los árboles cercanos parecen respetarla, manteniendo su espacio libre de cualquier intento de ocupación.

Jacinto saca un pañuelo de su bolsillo y tras colocarlo en una de las piedras, más alta y plana que las demás, se sienta con la mirada puesta en la vieja sabina y espera.

Sabe que "ella" llegará cualquier día. El claro en el bosque es una puerta entre su mundo y el nuestro. Hoy, o tal vez mañana aparecerá cuando el sol ocupe el lugar más alto del cielo. Cualquier día menos el séptimo de cada semana.

Jacinto sabe que es su misión esperar y estar allí cuando ella vuelva, antes de que despliegue su magia. Sólo él sabe como hacerla regresar al lugar del que nunca debería salir.

Ya casi es la hora de comer. Jacinto recoge su pañuelo, con un gesto automático y realiza el camino de vuelta una vez más. Camina cabizbajo, pensando que ya es demasiado viejo. Pronto no podrá cumplir con su obligación. Tal vez sea hora de encontrar un sustituto y descansar.


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