Dilectia - Microcosmos absoluto


Capítulo VI - Manuel Baeza

Al enfrentarse al cadalso el día de su 36 cumpleaños, Manuel Baeza miraba hacia atrás en su memoria. Los chapuzones de verano en el Río Tormes cuando era crío, el bofetón que le dio su padre el día que lo pilló fumando, el olor dulce de su madre cuando lo besaba antes de dormir...

Más cercana en el tiempo e igual de nítida, estaba presente la decisión que truncaría su vida. La que le hacía encaminarse, forzado, tres años después, a aquella estructura de madera con olor a vergüenza y a muerte.

Incluso respirar o mirar al cielo son actos que dirigen nuestra vida, nos entregan al abrazo de la casualidad y de lo que falsamente llamamos azar.

Manuel Baeza mató, y por ello merecía morir. Es la ley del hombre. La de Dios queda lejos de nuestro entendimiento. Las razones de su delito las desconocemos, y en el fondo no nos importan, porque todo hombre escribe la historia de su vida.

Minutos antes de la puesta del sol, un cuerpo sin vida pendía de la soga atada a su cuello. Poco importaba entonces si aquella alma había amado o había sido bondadosa. Poco importaban los huérfanos y las viudas... Ni siquiera dónde iban a reposar los restos amoratados de Manuel.

Sólo importaba preparar la horca para que otro hombre se enfrentara a su destino.


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