Capítulo V - El grito
Después de casi una hora caminando por el Barrio Antiguo, paseando y hablando de asuntos tan importantes como lo que iban a cenar aquella noche o el color más adecuado para las nuevas cortinas del salón, Marisa se paró en seco, giró hacia su marido y le dijo:
- Ángel, tengo ganas de gritar.
- ¿Te pasa algo?
- No. Sólo tengo ganas de gritar.
- Pero... ¿por qué?¿qué va a pensar la gente?
- Me da igual. ¡Tengo ganas de gritar y lo voy a hacer ahora mismo!
- Pero cariño...
- ¡¡¡Uhaaaaaaaaaaa...!!!
Marisa pegó un alarido con toda la fuerza de sus pulmones. Fueron sólo unos segundos, pero la energía con la que gritó hizo que varias decenas de personas les miraran.
Después de un instante de silencio y tras comprobar toda la gente que allí no había pasado nada, el mundo siguió su camino.
- Pero qué te pasa, ¿estás loca?- Preguntó Ángel bajando la voz, como intentando compensar así el grito de su mujer.
- No me pasa nada. Vamos a casa- Le contesto su mujer con una amplia sonrisa.
En silencio, entre avergonzado y asustado, Ángel caminó junto a Marisa, siempre un paso detrás de ella, hasta que llegaron a casa.
La mujer se puso a hacer la cena y su marido, sentado en el sofá, se dio cuenta de que toda la vergüenza que había sentido no era otra cosa que el vacío que le había quedado al no haber sido él quien gritara aquella tarde.