Capítulo IV - Nieve
Esta vez no ha llegado de repente. La esperamos con el alma dispuesta y los ojos abiertos, como de niño, mirando al cielo impacientes. Mientras, el recuerdo de tiempos mejores inunda nuestra espera de emoción.
Cuando caen los primeros copos no puedo evitar sacar la lengua y sentir su fría caricia. Sonrío. Sonrío de verdad, de manera sincera, como cuando me besabas y acariciabas mi pelo. Caricias cálidas y frías que dibujan la misma sonrisa de felicidad.
Unos minutos más tarde, cuando todo lo cubre, llegan los gritos de los más pequeños. Primero las risas nerviosas al enfrentarse a lo novedoso, a lo sorprendente y después el llanto lastimero porque Luis le ha pegado un bolazo en la oreja...
Por la noche el silencio más absoluto y el color anaranjado de las calles. Es el momento de la reflexión.
La alegría del día se vuelve nostalgia y descubro que el color de la tristeza se puede borrar, aunque su esencia permanece bajo una capa de nieve.
Con la mañana, la pureza de lo blanco se convierte en gris desesperanza y la ciudad llora.