Capítulo II - Amanecer
La mañana desafiante, quería cubrir la ciudad con su manto dorado y el silencio lo llenaba todo. Denso, omnipotente, observaba nuestros rostros intentando averiguar lo que aquella noche no supimos decirnos.
La amenaza se convirtió en castigo y los primeros rayos de sol entraron en el dormitorio. La persiana y las cortinas que tan celosamente habías cerrado para aislarnos del mundo eran manos de niño intentando guardar el agua de una fuente.
Nos miramos unos segundos, o tal vez ni eso. Sin hablar adivinamos que la luz del día había borrado nuestras caricias. Sentiste vergüenza por tu cuerpo desnudo junto al mío y yo temía que mis promesas pudieran ser reclamadas algún día.
Fuera, en la calle, el sol gritaba ya con fuerza, gobernando su reino de rutina y apariencias.
Me vestí y me largué después de darte un beso en la mejilla. No volví la vista atrás durante el camino a mi casa. Sólo en el refugio de mi soledad pude echarte de menos todos los días de mi vida.