Sentado en la arena, el mar ocupa todo lo que mis ojos se permiten abarcar.
Si giro la cabeza a la izquierda, una imponente masa de piedra es el inevitable final a la linea de horizonte. A la derecha la bruma desdibuja lo que parece una zona residencial. Lejos.
El mar azul o transparente. De alguna manera que nunca he comprendido ambas cosas a la vez.
Mi mirada sigue el lento navegar de un velero a lo lejos. Las olas marcan con lineas invisibles el camino entre el horizonte y el lugar en el que me encuentro, desintegrándose en la orilla. Son incapaces de llegar a su destino, o tal vez explotan de alegría al hacerlo.
Explican que toda la grandeza del universo, indudablemente acaba apuntando hacia uno mismo. O tal vez sólo son eso, perturbaciones causadas por el viento.
El universo, tan colosal que la única manera de comprender su secreto es dejarse llevar por su verso eterno y convertirse en parte del misterio.
[...]
Un velero se pierde detrás de una enorme montaña y mis ojos caprichosos buscan otra distracción.